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La abstracción es siempre una abstracción de la naturaleza, un proceso que crea un doble de la naturaleza, una segunda naturaleza, un espacio de existencia humana en el que la vida colectiva convive con sus propios productos y llega a considerar natural el entorno que produce.

                                                                                                                                         McKenzie Wark, Un manifiesto Hacker

Después de un año de pandemia, podemos observar el protagonismo creciente del trabajo virtual. Lo que parecía una acción coyuntural, una respuesta defensiva frente a los efectos improductivos del virus, poco a poco fue dando paso a una modalidad aceptada y hasta cierto punto promovida. Lo hemos escuchado reiteradas veces en nuestras organizaciones: el trabajo digital llegó para quedarse. No obstante, más allá de esta transformación técnica, ¿qué cambios podemos observar en las personas y equipos? ¿qué dinámicas subjetivas colectivas emergen a partir de la generalización de estos nuevos medios? En definitiva: ¿Qué efectos produce la transformación digital en el cuerpo de los/las colaboradores/as?

Aproximarnos a las transformaciones del cuerpo, a propósito de los efectos de la digitalización del trabajo, requiere asumir un marco teórico que explique lo que entendemos por cuerpo. En este sentido, más allá del modelo médico tradicional, la fenomenología nos permite pensar lo social como un elemento constitutivo del cuerpo. Así, por ejemplo, Merleau-Ponty en su trabajo “Fenomenología de la percepción” definía al cuerpo como un hecho histórico. Idea que también consideraba Simone de Beauvoir cuando declaraba que el cuerpo es “en situación” y que, por lo tanto, “no se nace mujer, sino que se llega a serlo”. Si consideramos este marco, pareciera que el cuerpo, a pesar de sus límites físicos y orgánicos bien establecidos (donde termina la piel), es también algo que está incompleto y, en consecuencia, abierto y comunicado con las transformaciones de su entorno. En el fondo, tal y como lo constató Spinoza en su obra Ética del siglo XVII, no existe una esencia a priori del cuerpo y por eso: “nadie, hasta ahora, ha determinado lo que el cuerpo puede”.

Si bien, desde nuestra perspectiva, el cuerpo opera, al igual que las organizaciones, de forma inter-conectada, hemos establecido con fines analíticos la división entre un “cuerpo psíquico” y “otro físico”. Es necesario enfatizarlo, ya que, aún hoy, demasiado imbuidos de cartesianismo, tendemos a realizar la separación cuerpo-mente, con predomino de la mente sobre el cuerpo. Nada más lejos de nuestra intención. Entenderemos por cuerpo físico, nuestro cuerpo tangible y orgánico y por cuerpo psíquico, nuestra experiencia subjetiva de estar en cuerpo (y en el mundo). Ambos cuerpos están mediados por una memoria, en el caso del cuerpo físico, por el desgaste celular y, en el del psíquico, por todos los recuerdos que permiten que el “aquí y ahora” sea siempre una experiencia única. Es justamente a propósito de las experiencias que no recordamos, pero que tienen una alta efectividad, que surge la noción de inconsciente, tan expandida y trabajada por el psicoanálisis.

Ahora bien, ¿qué cambian en estos dos cuerpos en un contexto laboral digital? En primer lugar, ambos cuerpos experimentan la ambivalencia de estar en dos situaciones de forma simultánea. La experiencia privada y la pública-organizacional. Antes del trabajo digital, solo el cuerpo psíquico podía desarrollar la ambivalencia. Por ejemplo, en una reunión de oficina, no había forma que el cuerpo físico huyera de la situación, no así el cuerpo psíquico, que podía experimentar su rol de forma funcional estando situacionalmente en otro lugar. Esto nos ocurría a menudo, especialmente cuando una importante eventualidad del mundo privado invadía nuestros pensamientos. Pues bien, en el nuevo entorno, el cuerpo físico está por defecto conectado a la situación privada, lo que también impacta al cuerpo psíquico. Nos sentamos en nuestro escritorio, nuestro living o una improvisada pieza que hace las veces de oficina. Nuestros hijos o hijas están alrededor, a veces conectados a sus clases, a veces revoloteando en medio de nuestro “espacio de trabajo”. Podemos trabajar y al mismo tiempo acariciar a nuestras mascotas, compartir con nuestra pareja o familia y realizar un sinfín de actividad que hasta hace poco eran exclusivas del fin de semana o de las horas de ocio.

Las partes físicas de nuestro cuerpo que está más conectada al sistema, son precisamente las que están más cargadas de significados y abstracciones. Son nuestro rostro y voz, los dos elementos que más están presentes en el trabajo digital. El rostro siempre significa porque tiene una expresión. Por eso, al mismo tiempo que surgen las redes sociales, surgen también los “emojis”. Nuestros textos comunicativos en línea fueron reforzados por símbolos no-fonéticos con capacidad expresiva efectiva. Un “te amo” a través de WhatsApp no es igual a un “te amo” y una cara sonriente rodeada de corazones. Pues bien, la voz, al igual que el rostro, es capaz de cambiar completamente el sentido de una frase, especialmente cuando entre los interlocutores se comparten ciertos códigos. En las relaciones de pareja esto se observa con claridad. Un “no” entre dos amantes puede tener múltiples significados dependiendo del tono de la voz. En este sentido la comunicación en la era del trabajo digital se vuelve más un intercambio de códigos y muchas veces los/as colaboradores/as añoran cierta riqueza comunicativa producida en el contacto físico de antaño. Massumi, señala que las emociones son un trabajo de significación de algo anterior que no podemos significar pero que de igual manera sentimos y percibimos. Es quizás la dimensión de lo real, a la que se refería el segundo Lacan, la que pasa a un segundo plano: lo que el lenguaje no puede capturar.

Más allá de la ansiedad o resistencia que produce una nueva modalidad de trabajo, el cuerpo psíquico se reciente de modo específico frente al desdoblamiento virtual. Por un lado, la experiencia psíquica puede estar mucho más contenida cuando las personas cuentan con redes de apoyo en su mundo privado-presencial inmediato, mientras que, por otro, puede estar más expuesta a sentimientos de angustia y frustración cuando sus redes de apoyo se sustentan en relaciones organizacionales. En el primer caso, los problemas laborales pueden ser acompañados y contenidos de forma instantánea por las redes personales. Solo basta con desactivar la cámara un momento y compartir lo que se experimenta con alguien cercano (sea esto vergonzoso o no poco importa) o bien, una vez finalizada la reunión, expresar su molestia o alegría con sus seres queridos. En el segundo, los espacios de contención que pueden ofrecer los vínculos laborales quedan supeditados a los medios de conexión no presencial. Así también se torna más difícil saber lo que un colaborador/a puede estar sintiendo. En el trabajo pre-pandemia, ocurría a menudo que el “cuerpo hablaba”. Se podía percibir la incomodidad no solo por lo que la persona declaraba o expresaba en su rostro, sino que también, por la forma en que su cuerpo se desplazaba y erguía, por los movimientos de sus extremidades, por su manera de ocupar la silla, etc. En general quedan abolidos casi todos los espacios de relacionamiento en los que el motivo de los intercambios no es explícitamente la tarea central. Las charlas de pasillo, los cafés, los almuerzos compartidos, desaparecen, así como también, parte importante de las dinámicas de los grupos que se refuerzan o crean en estas instancias. En breve: la digitalización del trabajo conlleva una nueva política de grupos, lo que impacta en roles, clima, motivación y capacidad de liderar y gestionar equipos.

Por otro lado, podemos ver que se gana efectividad. Se recortan las actividades improductivas. Lo que los chilenos llaman “sacar la vuelta” (no dedicarle tiempo a la tarea de la organización mientras se está presencialmente en ella) ya no es posible. En consecuencia, la capacidad de hacer la tarea no se relaciona con la capacidad de vigilancia de una estructura jerárquica, sino que, con la capacidad y motivación personal de quien la realiza. La función de “control directo” de una organización deja de ser importante. Esto se aprecia con claridad en el funcionamiento de la institución escolar durante la pandemia. En la organización de las clases on-line, la función disciplinaria, que por lo general cumplen docentes o paradocentes contratados para ello, deja de ser necesaria. En Chile, enfatizando su rol “policial”, a este cargo se la llama “inspector”, existiendo inspectores/as de patio y un/a inspector/a general que comanda. Esta última función es acompañada de una oficina, en donde los/as estudiantes “rebeldes” son enviados para cumplir un castigo centrado en la vigilancia del cuerpo. Considerando este mismo ejemplo, actualmente el disciplinamiento organizacional deviene una tarea fundamentalmente privada.

Un segundo aspecto de la eficacia, es la posibilidad de la multitarea. Los modos virtuales de trabajo permiten que sean compatibles y simultáneas tareas de crianza, labores domésticas, vínculos afectivos; con la realización de la tarea organizacional. Es posible incluso hacer dos tareas organizacionales al mismo tiempo. Se puede estar en una reunión, al mismo tiempo que se envía un mail o se escribe un documento, o incluso, se puede participar simultáneamente de dos reuniones. El cambio tecnológico requiere de una mayor capacidad de atención del cuerpo psíquico. Un cuerpo híper-atento que en ocasiones puede ir acompañado de una alta tensión y de un elevado cansancio mental. Para muchos niños y niñas, que han crecido en un mundo digital, desarrollar múltiples actividades a partir del uso de nuevas tecnologías resulta una tarea fácil. Por ejemplo, son capaces de conectarse un audífono del celular y escuchar un video de su “youtuber” o “podcaster” favorito, al mismo tiempo que con el otro audífono escuchan a algún amigo/a con el que conversan y juegan en línea. La adaptación al nuevo contexto está directamente relacionada con la capacidad de atención y con el uso y acceso a tecnologías de forma rápida y eficiente.

Finalmente, un último aspecto que atañe al cuerpo en el trabajo digital, es de carácter jurídico. Las políticas públicas y tecnologías legales son válidas en individuos adscritos presencialmente a un territorio, de ahí que la pregunta presentada a continuación sea de vital importancia en el contexto actual: ¿qué sentido puede tener una negociación colectiva o el ejercicio sindical cuando, tanto la organización, como los/as colaboradores/as se encuentran en distintos países? Las transformaciones capitalistas al inicio de la revolución industrial, demandaron una institucionalidad y un orden jurídico nuevo. El Estado fue protagonista de ese reordenamiento a través de la promulgación del código del trabajo, de leyes laborales y del cumplimiento de un rol mediador entre empleadores y empleados. Hoy, la globalización y la presencialidad virtual permiten modos de trabajo insospechados ¡Tal y cómo la maquinaria industrial lo hizo en siglos pasados! Es urgente un replanteamiento de la dimensión jurídica del cuerpo del trabajador ¿Qué derechos y deberes replantea la digitalización global del trabajo? ¿Qué institucionalidad debe acompañar dicho orden? ¿De qué manera se cuantifica el trabajo cognitivo bajo el predominio digital? ¿Las organizaciones actuales están preparadas para asumir estos desafíos?

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