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A un año de la pandemia.


Después de un año de cuarentenas, tensiones, oportunidades, contagios y cambios; es posible hacer una pequeña reflexión en torno a la dirección y proyección -al menos tentativa- de las transformaciones organizacionales y sociales que marcarán el ritmo de los años venideros.

Hace casi cien años, una crisis global posibilitó transformaciones estructurales. Me refiero, por supuesto, a la crisis de 1929. Sin duda, dicha crisis marcó las pulsaciones de gran parte del siglo XX. Permitió, entre otras cosas, un capitalismo de corte keynesiano y prebischiano, la consagración del fascismo europeo y del comunismo soviético. En este sentido ¿es la pandemia del Covid-19 el desencadenante del nuevo mapa geo-existencial que reconfigurará organizaciones e individualidades en todo el orbe?

Una de las cuestiones centrales de los últimos años tiene que ver con la organización del espacio y los vínculos. En los albores del siglo XXI, una cada vez más deslocalizada economía, fue seguida por deslocalizadas formas de afectividad y relacionamiento. Las redes sociales y la masificación de aplicaciones en teléfonos móviles, por ejemplo, cambiaron radicalmente la forma en como nos relacionamos. De un tiempo a esta parte fue fundamental el acceso a la información, pero también a su especificidad y organización. En otras palabras, más que a la posibilidad infinita del conocimiento en línea, lo prioritario fue el acceso a logaritmos adecuados para su administración (Google lo tuvo claro desde el comienzo). Nos tornamos dependientes a herramientas que pudieran categorizar, identificar, valorar y priorizar, fortalecidas por los desarrollos estadísticos y de inteligencia artificial; al mismo tiempo que dichas herramientas nos permitieron aparecer en el espacio social, es decir, ser únicos y atractivos para nuestros entornos.

En este contexto, la pandemia es, sino el golpe de gracia, al menos un duro revés a las organizaciones localizadas y a sus modos orgánicos de producción de valor. La pandemia irrumpe con fuerza en las organizaciones tradicionales. Por todas partes el modelo de la fábrica o de la escuela entra en crisis. Tal y como dijo un viejo filósofo hace un par de décadas: “el Surf reemplaza a los viejos deportes”. En consecuencia, la dirección de la cuarta revolución industrial se intensifica. El centro lo ocupan los activos y los servicios, al tiempo que, la producción de valor se conecta a un ad infinitum de innovación.

La “gestión de uno mismo” ocupa todas las dimensiones de la vida. La línea del trabajo es invisible. Ha caído, a la fuerza, el último bastión del viejo modelo: el espacio privado. A partir de la pandemia, más que nunca, la formación continua se expande por todas partes. Las competencias y habilidades son laborales, pero también familiares, conyugales, comunitarias, académicas, etc. Una moralidad ajustada al modelo de empresa y un marketing con coste marginal cero a través de las redes sociales. La productividad, también intensificada, se conecta con todas las actividades humanas. Por ejemplo, es posible seguir una reunión de trabajo y al mismo tiempo preparar la comida para la familia. Es posible entregar afecto a través de un “emoji” o, mejor aún, de un sticker completamente singularizado.

Creo que, aún estamos en los albores de un cambio de paradigma, en el inicio de algo grande y desconocido y a penas comenzamos a percibir algunos efectos. Somos, sin duda, una sociedad en transición y, al igual que, al comienzo de la primera revolución industrial, experimentamos nuevas libertades, pero también nuevas miserias. Es una tarea tanto individual como organizacional, asumir los desafíos y oportunidades que esta nueva era nos plantea.

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